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La industria de los idols continúa en expansión e implementa nuevas dinámicas de producción. La imagen de los jóvenes permea en las sociedades de Occidente y se solidifica en Oriente. Lo que simbolizan provoca una brecha de fuga, especialmente para la sociedad japonesa, y consigue desmenuzar las sexualidades y los roles sociales, sin embargo, los y las chicas suelen pagar mucho por permitir los anhelos de su sociedad.

Anteriormente mencionamos que el esfuerzo y la honestidad son la esencia de los idols. De hecho, por ello es que muchos comienzan a presentarse en las calles para demostrar aún más la lucha desde una perseverancia descomunal. No obstante, este pedregoso inicio es la arista que permitirá las distintas explotaciones que los idols soportan.  

Mencionar que “los idols deciden ser idols” es partir de una justificación que permite múltiples perspectivas. Opinar que, los jóvenes eligen un camino de fama héroica que prácticamente los cancela como personas es, como mínimo, arriesgado.  

Nos referimos a que, por decir algo, es poco sensible y muy cuestionable. Debemos partir de que los contextos —cualesquiera— oprimen y son casi invisibles desde dentro. Así que, con formas parciales de percibir las líneas que los delimitan, ¿cómo podríamos decir que los idols realmente deciden ser idols? Mencionando esto sin jerarquizarnos sobre ellos, simplemente hacemos hincapié en que esa libertad tiene sesgos violentos de su sistema.  

Un eterno scroll: el trabajo de los idols

Los idols sufren un sistema de opresión ideológica impresionante.
Fuente: Troyca

Cuando los idols son seleccionados/absorbidos por una empresa, inician las cuestiones laborales críticas. Si bien se libran del sistema moralista de Japón, ingresan fuertemente en el contrato de producción que los oprime de una forma distinta. 

El salario no es el mejor, ya que ellos mismos tienen que costear sus clases e incluso sus vestuarios, debido a ello es que deben participar en múltiples proyectos. Trabajan bastante, pero sus empresas también se quedan gran parte de sus ganancias. El mundo empresarial tiene conciencia, ya bien lo dijo Noam Chomsky.  

La explotación de los idols tiene cada vez menos límites, el hecho de que saquen discos junto a nuevos vídeos promocionales, no es gratuito, las horas de inversión humana son muestra de una entrega total. Todo el tiempo están en los medios de comunicación e incluso sus redes sociales se convierten en un nuevo y determinante punto de encuentro entre el fandom y ellos, provoca cercanía, pero implica un trabajo interminable.  

Los y las idols tienen restricciones acerca de sus relaciones sociales.
Fuente: Troyca

Sin embargo, la entrega de los idols es diferente a la de los otros artistas porque dependen por completo de una crítica positiva de su fandom. Los idols brindan aprobación, pero también la necesitan para sobrevivir. 

Su entrega es peligrosa y distintiva porque pueden generar algo negativo y muy inflamable rápidamente, por algo simple como salir con sus amigos, o por revelar su postura política. E incluso por algo sensible como enamorarse, llega a ser crítico, porque le pertenecen a la polifonía. El romance personal podría ser su fin público. Y en pleno siglo XXI, el cerrar esta esfera implica un silencio que simboliza una especie de muerte. 

Los idols son amados porque brillan en una lejanía íntima que se recibe cercana. Los fanáticos adoran el control silencioso que ejercen sobre ellos.

Idols como línea de fuga y el peligro de cancelación

Los idols suelen estar conformados en grupos musicales. Pero, también son  actores y bailarines.
Fuente: Doga Kobo

Un ser laboral es distinto al individuo, sin embargo, el siglo XXI logra que esta noción se funda en una misma cara. Por un lado, a casi todos nos alcanza el sistema hasta en nuestros sueños. No obstante, los idols se enfrentan a un panorama más agresivo y quisquilloso. 

Prácticamente laboran todo el día, su vida personal se vuelve inexistente, la privacidad se acaba. Además, la ideología idol que los enmarca es macabra. Debido a que la honestidad y devoción son cuestiones que los atraviesan, se ven acorralados para corresponder a sus fanáticos con ésto, de una forma inhumana, excesiva. Dejan de pertenecerse, son un sistema que sirve a la sociedad como fuga o a la nación como un control sofisticado que permite consensuar conductas que no dañen realmente la productividad del país.

Los idols permiten a la sociedad japonesa una libertad apaciguada. 

Los idols son cancelados por partes sensibles e íntimas, aspectos que solían ser independientes y privados, como es su vida romántica.
Fuente: Doga Kobo

Por otro lado, en teoría, somos independientes del trabajo y nuestras ideas nos pertenecen, sin embargo, la cultura de la cancelación vive gracias a replantear el lugar de las ideologías agresivas que, pueden recibir una sanción silenciadora. No obstante, los idols son cancelados por partes sensibles e íntimas, aspectos que solían ser independientes y privados, como es su vida romántica.

Los idols no son patrimonio de la humanidad, pero en ocasiones, parece que sí lo son. 

Idols: ¿objetos o personas?

El tiempo que laboran es ilimitado y se forja la ilusión de que lo disfrutan al cien por ciento. Sin embargo, su labor es tan exhaustiva que la explotación los convierte en objetos de consumo incansables. 

Cuando los idols se vuelven cosas, el acoso es aún más sencillo de normalizar, los fanáticos son la autoridad que impone una crítica radical que incluso puede llegar a cancelarlos, y para no caer en ello, el fandom puede convertirse en el dirigente de sus pensamientos. Pese a que los idols, en esencia, tienen la imposición de la honestidad, la verdad es que al final se convierten en una creación de lo que la sociedad quiere de ellos, porque si no, no podrían ser idols, es un callejón sin salida. 

Los idols pasan a ser un patrimonio comunal sumamente sexualizado.
Fuente: HoneyWorks

Por supuesto, tiene que haber excepciones, sin embargo, ¿qué tantos matices reales serán capaces de sostener? Por ejemplo, los idols ilustrados, ¿acaso no funcionan como las marionetas de “la oposición”?Em otras palabras, otra ilusión libertaria de la sociedad asiática: la esperanza, el esfuerzo, y la libertad medida. 

No sólo ellos, la sociedad está atrapada en la misma red que al unirse, solamente consigue ser más enrevesada. 

El control: ¿Por qué amamos a los idols?

No sólo es la ternura, el brillo y la vulnerabilidad lo que nos hace amar a los idols. Ellos brindan un gran show, una voz que se esfuerza, una gran personalidad que se construye y demuestra que todo es posible, y ésto es sólo una parte de lo que tienen para dar. 

En principio, ante una sociedad perdida e inmadura, los chicos logran crear una comunidad a la cual se puede pertenecer, donde el género no importa, porque todos adquieren un valor social por igual. El fandom necesita pertenecer a algún lugar y los idols necesitan un fandom que les brinde estructura. 

Por ejemplo, a las idols puedes amarlas, te aceptan tal y como eres. Toman tus manos entre las suyas. Puedes perder el miedo a la sexualidad, y al rechazo. Brindan un cobijo desde la imagen de la feminidad en todas las facetas posibles, cubren cada necesidad dentro de un continuum solidario que permite las condiciones para un pseudo romance.

La posesión y el “romance”

Los pseudo romances que se pueden vivir a lado de las idols evocan la ternura, la admiración y brindan la noción de la aprobación. Además, son deseables por su firmeza y fortaleza en su crecimiento, que provoca respeto y admiración por su humanidad y fragilidad. Sin embargo, a su vez logran ser objetos de cuidado. 

Por su parte, los idols brindan más vertientes de cómo concebir los géneros y dan apertura y flexibilidad a los roles sociales.

No obstante, la calidez que los y las idols brindan a su comunidad tiene un gran precio, por una parte su vida romántica se acaba, no tienen derecho de tenerla porque “traicionarían la relación abierta que sirve a su fandom” que, ya no tiene miedo del rechazo porque los idols sostienen las posibilidades armónicas donde todo está aprobado.  

Sin embargo, el fandom no agradece los beneficios ideológicos que se les abren, sino que, como comienzan a ostentar el poder: su acoso no tiene límites. El fandom radical no les permite amar, porque los idols le pertenecen a la comunidad.

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Idols: un producto capitalista de consumismo

Si bien el fenómeno de los idol nos muestra —como Hannah Arendt propuso ya al hablar de la corporalidad y todas sus  implicaciones como siniestra moneda de capital—  el grado en que las personas pueden ser cosificadas, debemos exponer que van más allá. 

Los idols son capaces de desestructurar el sistema cerrado de Japón. Para comenzar, los hombres son capaces de expresarse y convivir, demuestran sus emociones y representan una vuelta de rueda a los roles de género: muestran la androginia —aunque en Japón, esto no es nuevo, si recordamos el teatro nō e incluso el nacimiento del BL manga—.  No obstante, la mantienen —especialmente para los espectadores de Occidente— y generan homoerotismo, permiten que se crucen los límites de los roles.

Por su parte, las chicas abren el panorama de independencia, no aspiran únicamente a casarse y ser amas de casa.  Sin embargo, ellas tienen una fórmula complicada, deben parecer puras y a la vez muy sensuales.  

Los fanáticos pueden consumir a los idols en varios sentidos ideológicos y materiales, tanto cerrados como abiertos. 

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