Jujutsu Kaisen es uno de los shōnen contemporáneos más populares y arrastra una polémica persistente: muchos lectores consideran que Gege Akutami, su autor, tiene dificultades para escribir personajes femeninos, discusión que se vincula directamente con el desarrollo de Maki Zenin, una de las hechiceras favoritas del fandom.
Maki pertenece al clan Zenin y ha sido víctima del machismo estructural de su familia. A ello se suma que no posee energía maldita, lo que la coloca en una doble marginalidad. Además, su posición dentro de la rama principal del clan vuelve su historia aún más compleja dentro de la narrativa.
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Maki Zenin no es empoderamiento: es la destrucción del patriarcado en Jujutsu Kaisen
Maki como una Zenin: el linaje del clan y la estructura política machista
Desde el inicio, el clan marginó a las gemelas de la rama principal. Primero, por ser mujeres y, segundo, por ser consideradas “más débiles”, ya que su poder se dividía entre ambas, lo que las presentaba como a un ente imperfecto —recordemos la concepción del gemelo dentro de la hechicería—.
Desde esta perspectiva, los padres de Maki y Mai destacan por sus roles: una víctima sumisa, vulnerable y aislada, y un hombre violento y opresivo. El poder de Ogi era uno de los pilares que sostenían la estructura del clan.
A partir de ello, surgen tres posibles lecturas sobre las mujeres oprimidas dentro del clan Zenin en Jujutsu Kaisen: la madre, que opta por sobrevivir sin capacidad de lucha, aunque consciente de la injusticia; Mai, que representa una resistencia pasiva mediante el sabotaje del clan y la limitación consciente de su propio poder; y Maki, quien encarna una fuerza explosiva que apuesta por la destrucción del sistema para construir una estructura que permita la supervivencia digna como mujeres y hechiceras.
Cada postura resulta válida e incluso dialoga con distintas corrientes del feminismo. La actitud de la madre recuerda a las experiencias asociadas con la primera ola del feminismo, centrada en la supervivencia dentro de estructuras patriarcales rígidas. Mai puede vincularse con discusiones propias de la segunda ola, donde la resistencia puede surgir desde la negociación o el sabotaje interno del sistema. Finalmente, Maki se acerca a posturas del feminismo contemporáneo e interseccional, que cuestionan la legitimidad de las estructuras patriarcales y plantean su transformación o desaparición.

A final de cuentas, los Zenin sostenían estructuras rígidas y caducas en sus formas de educación y organización, donde el valor femenino dependía de la validación familiar e institucional.
La madre de Maki repite constantemente que haberlas dado a luz fue una maldición; sin embargo, en los últimos instantes de su vida emerge un razonamiento que oscila entre lo emocional, lo lógico y aquello que, por profundamente humano, resulta egoísta. Fue una bendición darlas a luz, pese a que Maki la libera a través de la muerte, llena de resentimientos.
Maki rechaza la idea de que su clan deba reconocer o conceder el poder femenino. Ella intenta modificar esa lógica al confiar en sus propias capacidades y aspiraciones: desea ser reconocida como una hechicera excepcional y busca que tanto ella como Mai puedan vivir con tranquilidad en su seno familiar.
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El cuerpo femenino en Jujutsu Kaisen
Uno de los aspectos más polémicos en la obra de Gege Akutami es el tratamiento de sus personajes femeninos. Varias de las figuras importantes terminan muertas, desaparecidas o narrativamente desplazadas (sí: funadas). Incluso cuando sobreviven, muchas cargan con marcas físicas permanentes.
En el caso de Nobara, su regreso ocurre únicamente en un momento narrativo crucial. Este patrón ha generado debates dentro del fandom sobre la representación femenina en la serie.
Si enfocamos el análisis en Maki, la discusión adquiere otra dimensión. Inicialmente, era un personaje que cumplía con ciertos estándares de atractivo dentro del fandom; sin embargo, tras sus quemaduras, su diseño evoluciona hacia una estética marcada por cicatrices y musculatura, generando una nueva forma de atracción que rompe parcialmente con el fanservice tradicional, aunque no desaparece por completo.
Diversos estudios sobre representación femenina en medios han señalado que la sexualización no desaparece necesariamente cuando se modifica la estética corporal. La teórica Rosalind Gill ha propuesto que la cultura mediática contemporánea promueve una sexualización empoderada, donde el atractivo femenino se reconstruye alrededor de la autonomía, la fuerza o la agresividad, sin abandonar por completo la lógica del deseo visual. En este sentido, Maki no elimina el componente erótico del personaje, sino que lo reconfigura hacia una estética basada en la fortaleza física y la autosuficiencia.

Después del arco del clan Zenin, Maki transforma su cuerpo y se presenta como una mujer fuerte, decidida e imparable. Su atractivo ya no reside en el embellecimiento clásico, sino en el poder que la convierte en una herramienta narrativa y política. Sus habilidades la posicionan en un rol activo y violento, oponiéndose al arquetipo tradicional de los personajes femeninos de soporte, pero que, destaca de otra manera y se subyuga en el amplio mundo del fandom.
En términos narrativos, Maki dialoga con el arquetipo de la mujer guerrera, figura ampliamente estudiada en el análisis cultural del entretenimiento. Investigaciones sobre este modelo señalan que combina elementos de empoderamiento con una ambigüedad simbólica, ya que la fortaleza femenina puede funcionar tanto como ruptura del orden patriarcal como una adaptación del mismo, al convertir el cuerpo femenino en un objeto de admiración visual basado en la violencia y la autosuficiencia física.
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La fortaleza de Maki Zenin: el asesinato del clan Zenin
Maki existe dentro de la narrativa como una figura destinada a destruir. Tras años de opresión y vulnerabilidad, su ruptura ocurre cuando su padre asesina a Mai, acto que representa simbólicamente al sistema completo del clan.
Este evento desencadena una limpieza sistemática. Maki deja de creer en la posibilidad de reformar el sistema y adopta su misma lógica estructural: la destrucción radical como única alternativa.
El sistema Zenin era corrupto y jerárquicamente absurdo. Su caída nace de una rabia histórica familiar, de una carga simbólica ancestral y de la violencia estructural acumulada. Sin embargo, también fue una masacre, lo que convierte la venganza en un terreno moralmente ambiguo donde resulta imposible alcanzar consensos absolutos.

Simbólicamente, la destrucción del clan representa que Maki ya no necesita su aprobación ni su estructura. No busca validación física, ideológica ni emocional. Su acto violento funciona como una liberación de la ira acumulada durante años, aunque ello no implica que sus decisiones puedan considerarse moralmente correctas.
Incluso personajes como Ranta Zenin funcionan como recordatorios de que no existen respuestas simples, sino una cadena de tragedias provocadas por distintos tipos de violencia histórica, en este caso, hacia la feminidad.
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Maki como antiheroína dentro del shōnen contemporáneo
Maki se distancia del arquetipo clásico del shōnen donde la protagonista busca integrarse en el sistema que la marginó. En su caso, primero intenta reformarlo y finalmente opta por destruirlo desde sus cimientos.

Su postura es reactiva, no en un sentido condescendiente, sino como respuesta al desgaste emocional y a la pérdida irreparable. Maki no persigue la salvación colectiva ni la convivencia ideal; su objetivo es derribar el sistema que la condenó desde su nacimiento.
Y en ese punto, su historia dialoga con una realidad incómoda. Las mujeres enfrentan una contienda constante frente a estructuras que rara vez validan sus formas de resistencia, incluso dentro de los propios movimientos feministas. Las buscadoras y muchas otras mujeres que denuncian las fallas sistemáticas del patriarcado evidencian cómo estas estructuras no solo permiten la violencia, sino que también retrasan o bloquean su transformación. Ante el hastío de la injusticia, la respuesta femenina suele ser interpretada como paranoia o violencia desmedida, cuando en realidad surge de una memoria histórica marcada por agravios acumulados y silencios heredados de siglos.
En escenarios cotidianos —lejos de clanes de hechicería o combates sobrenaturales— muchas mujeres han enfrentado dilemas entre sobrevivir, resistir o romper con aquello que las oprime. Y es precisamente en ese margen donde la pregunta regresa con toda su incomodidad: quizá no todas somos Maki Zenin… pero en algún momento, muchas hemos sentido el impulso de serlo.
Y no, esto no implica una glorificación del arquetipo de la mujer guerrera con el que Maki podría asociarse; más bien, evidencia la tensión que existe entre la necesidad de defensa y el costo emocional y ético que implica habitar esa figura especialmente cuando nace de una rabia que rara vez encuentra espacios legítimos para expresarse.
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