El anime nació como un espacio para imaginar y aprender a gestionar las emociones y pensamientos, así como considerar las acciones y sus repercusiones en sociedad. Japón como una nación ‘infantil’ y a la vez ‘hiperenvejecida’ nos lega constructos importantes para nuestra contemporaneidad, ¿te has puesto a pensar acerca de tu afición por las figuras de colección y demás adquisiciones de contenido físico de tus personajes favoritos —además del consumismo del capitalismo, claro está—? Aquí te revelo algunos claroscuros culturales detrás de ello.
Durante la primera semana de marzo he escrito diferentes artículos para que, como comunidad, reconsideremos la forma en que recibimos a nuestras waifus favoritas y, debido a ello, hagohincapié en un asunto de agencia personal, dejando de lado a los autores de manga y sus arquetipos engañosos.

A final de cuentas: percibir a Maki Zenin como diosa guerrera dista de adquirir innumerables figuras y usar distintos fondos de pantalla que la evoquen e iluminen los días, además de, claramente considerarla en el espectro de un falso empoderamiento que se inserta en una amplia gama de consumo —que predomina por tendencia capitalista en nuestra era—.
Así, las mujeres se convierten en una especie de mercancía que llega a ser abiertamente perturbadora y que cae en una cosificación extrema de los cuerpos femeninos; en este proceso destacan los distintos fetiches que permiten cosificar a la mujer ficcional.
Si deseas más detalles de este comentario, revisa el artículo completo aquí: ¿Qué tan feminista es el anime actual? Entre la representación y el fanservice.
Estos van desde wallpapers hasta almohadas dakimakura e “inocentes” figuras y piezas de colección que, mientras más detalles eróticos enmarquen, más costosas suelen ser. Esto se observa desde poner a Frieren en una posición vulnerable hasta la hiperexhibición de Marin Kitagawa de My Dress-Up Darling y Power de Chainsaw Man.
Además, la cultura del cosplay permite un nuevo acercamiento a los personajes de anime, que desde cierta perspectiva corporeizan a los personajes ficcionales en la realidad; el juego en medio de esto, también nos lleva a un concepto más lúgubre: las air doll.

El anime y las diferentes maneras de cosificar a la mujer como mercancía: de las air doll a las figuras de colección
¿Qué es una air doll y qué tan alejada está de las figuras de colección de las waifus de temporada?
Una franca y perturbadora exposición de la air doll llegó con el manga de Yoshiie Gōda, quien serializó su obra titulada Kuuki Ningyo (2000) en Big Comic Original, revista de demografía seinen. Más tarde, esta serialización obtuvo una adaptación cinematográfica que estuvo en manos de Hirokazu Kore-eda, con un filme de título homónimo.
En la obra original tenemos a Bae Doona como una muñeca inflable —sí, de uso sexual— que eventualmente desarrolla consciencia y cuyo cuerpo incluso se vuelve ‘real/humano’, sin embargo, se mantiene hueco por dentro e insensible por fuera; el filme desarrolla las similitudes del vacío y la soledad que comparte con la población japonesa en general.
Además, particulariza los abusos que sufren las mujeres cosificadas en una sociedad opresora, a ello se añade la incapacidad de los varones de mantener relaciones saludables que prioricen la comunicación, el respeto, el desarrollo de la confianza y, sobre todo, la tolerancia de ideologías y críticas.
En este sentido, las mercancías que se generan de las mujeres —dícese air doll, figuras de colección, ropa y/o almohadas con impresiones de corporeidades hipersexualizadas, etc.— responden a una economía afectiva muy concreta.

Cabe destacar que cada una de estas mercancías reproduce arquetipos perversos que van desde colegialas moe hasta figuras dominantes y guía como madres y profesoras, incluso se añaden las guerreras, y todo circula alrededor de un centro: las fantasías macabras de una comunidad que necesita un juguete hueco, sin capacidad de habla y lo que ello implica, la imposibilidad de reproche, incomodidad, desacuerdos, la necesidad de atención y cuidado.
Las air doll podrían considerarse una especie de concepción extrema de cosificación de la mujer, sin embargo, las figuras de colección no se alejan demasiado de esto. En 1990 nació un concepto que se generó mediante polémicas discusiones en foros en línea y que con el paso del tiempo terminó por consolidarse como la actual subcultura moe.

¿Qué es ‘moe’? ¿Qué tan perturbador es el concepto de figuras moe?
Moe deriva de la nominalización del verbo japonés moeru; que quiere decir brotar; el concepto se utilizó para “expresar la ardiente pasión por bellezas en brote/personajes lindos”, según explica el teórico Patrick W. Galbraith. Este término se vincula con una sensibilidad afectiva hacia personajes ficticios que principalmente despiertan ternura, ante lo que, se desarrolla un instinto de protección en el espectador.
Rápidamente, moe pasó a ser parte del slang japonés y comenzó a utilizarse para referirse a personajes lindos o icónicos, como los asociados a franquicias populares de la actual cultura kawaii —un referente popular es Hello Kitty—.
Aunque suele relacionarse con la explosión de cultura otaku en los años noventa, sus raíces culturales pueden rastrearse en décadas anteriores, cuando ciertas sensibilidades visuales y emocionales comenzaron a consolidarse dentro del manga y el anime. Con el tiempo, estas formas de afecto imaginario permitieron que distintos sectores del fandom —desde comunidades fujoshi hasta aficionados al lolicon— desarrollaran vínculos emocionales intensos con personajes ficticios, derivando así en una especie de amor comunal que, es una especie de depósito afectivo más que un vínculo en sí mismo. En él, no existe el miedo al rechazo y la devoción unitaria es la base del aprecio.

En medio de una sociedad altamente competitiva/jerárquica —con una idea opresiva de cómo debe ser un ciudadano—; además de, vertebrada en dinámicas de consumo, este tipo de afectos promovió la generación de “lugar seguro” y funcionó también como un espacio de escape para muchos otaku, quienes podían proyectar emociones en personajes que no necesitan nada a cambio.
Y desde esta idea, también se elabora acerca de la “limpieza” de la mujer, a través de una pureza en su apreciación por medio de las figuras vacías que no “necesitan algo económico” y que “no poseen órganos”; esto último, paradójico.
De esta forma, los personajes moe, según el teórico Hiroki Azuma, funcionan como recipientes de afecto — que apuntala la idea de vacío—, en los que se perfila una especie de “base de datos” cultural, donde los rasgos de personajes se combinan y recombinan para producir nuevas figuras atractivas para el fandom, lo que, por un lado mantiene los arquetipos más populares de personajes en masa.
Y esto, desde luego, contrario a la primera concepción que, postulaba un amor “puro” y alejaba del capital a la población. La industria moe logró producir un sistema de consumo con bases afectivas sólidas.

Añadido a ello, el autor y crítico Honda Tōru —no relacionado con la protagonista de Fruits Basket, ¡ja!— señala que los personajes moe permiten un “desplazamiento emocional del yo”, en el que los espectadores depositan confianza, ternura y buscan compañía —en las figuras ficticias—. En ciertos casos, estos vínculos simbólicos llegan a ocupar espacios que tradicionalmente pertenecían a la familia, la comunidad (nación) o las relaciones personales.
Sin embargo, pese a la primera acepción “pura” del concepto, este tipo de vínculos emocionales ahora se vertebran en el consumo material, lo que, además, expone el vacío estructural que se intenta llenar.
No obstante, esta lógica también adquiere tintes más agresivos cuando se observa desde la perspectiva de género, ya que muchas de estas figuras femeninas terminan siendo poseídas simbólicamente a través de su ficcionalización y de sus productos derivados.
Honda también apunta que el hecho de contemplar —en este caso, las figuras— no se limita a la fetichización directa, sino que funciona como una especie de prótesis del proceso imaginativo, que permite recrear mentalmente al personaje desde distintos ángulos.

El placer, señala, no reside en una sola posición de observación, sino en las posibilidades de encontrar nuevas posturas para contemplar. En este sentido, la figura de la waifu funciona como un objeto que habilita múltiples formas de mirar, una especie de “respuesta previa a la formación de un sujeto o posición de observación diferenciada”.
En este sentido, las figuras de colección terminan siendo consumidas como recreaciones materiales de personajes femeninos —vacíos y con una postura, en ocasiones: fija—, pero movibles según el deseo de la mirada del coleccionista. Desde luego, tanto las air doll como las figuras de colección comparten un elemento incómodo: ambas están diseñadas para ser observadas, poseídas simbólicamente y para permanecer en silencio.
Si bien comprar figuras de colección se ha vuelto extremadamente común, y es una especie de vínculo afectivo entre el fandom y un personaje femenino —de por sí escrito de manera engañosa, te recomendamos el siguiente artículo si deseas saber más al respecto: Por qué personajes como Maki Zenin demuestran que el anime aún no rompe sus estereotipos femeninos—, eso no quiere decir que el fenómeno sea tan ingenuo como pareciera.
Los niveles de cosificación de la mujer no desaparecen, pese a los actuales diferentes puntos de vista de los feminismos plurales; más bien parecen transformarse y adaptarse a nuevas formas de consumo cultural, como si a una hidra se le cortara una cabeza y aparecieran más.
En resumen, ¿qué dicen de ti tus figuras de waifus en el aparador?
Desde esta perspectiva, las air doll no se alejan mucho de las figuras de colección, ya que, evidencian la necesidad de mujeres vacías, fijas —pero movibles a deseo de la mirada dominante— que, permiten o mantienen la cosificación de la mujer.
Así, las colecciones generan un mercado que no establece de manera ingenua nuevos personajes femeninos, sino que, requiere más cuerpos de fantasía que puedan trasnformarse en mercancía irresistible en varios sentidos.
Si te late el tema, revisa este artículo especial: El problema no son ellas, las 5 “malas mujeres” del anime que el fandom no sabe leer: desde Meimei hasta Makima.
De esta forma, las figuras de colección de las waifus más queridas se establecen como cuerpos femeninos diseñados en masa para ser contemplados sin ninguna especie de resistencia y para lucir —como y para siempre— sensuales o tiernas, según elección, en vitrinas de aparador, como un “simple” objeto más de colección.
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